martes, 7 de febrero de 2012

"Me & You" de Carolina Liar (Descubrimiento del Mes: Febrero 2012)




          Porque, si bien el album "Wild Blesses Freedom", es de 2011, no es hasta ahora cuando me he puesto a escucharlo detenidamente. La verdad es que el primer album ("Coming To Terms", de 2008) de los californianos Carolina Liar me entusiasmó, con esa mezcla entre indie rock bastante armónico, melodic pop y synthpop (con mayor énfasis en el segundo album), con temas más alternativos como "I'm Not Over", melódicos como "Coming To Terms" y "When You Are Near", y más propios como "Better Alone" y "Simple Life". Todos estos temas son del primer disco, y la verdad es que os aconsejo que lo escuchéis alguna vez. El segundo album contiene más elementos electrónicos, menos rock y más pop, pero manteniendo ese carácter indie con toques de synthpop. Abajo os dejo también una versión acústica de "Me & You". Espero que os guste.

"Beginners", Oscar a la Película Mejor Ignorada del Año



         Porque se ha oído hablar muy poco de "Beginners (Principiantes)" (Mike Mills, 2010-2011), porque la única aparición que ha tenido en los grandes galardones ha sido la de Christopher Plummer como Mejor Actor Secundario (se hizo con el Globo de Oro en esta categoría, y espera ganar el Oscar), y porque, incomprensiblemente, nadie la considera entre las mejores películas del año. Normal, entre otras cosas, por el nivel de películas como "The Artist", "Hugo", "El Árbol de la Vida" o "Driver", lógicamente, muy superiores a "Beginners". Pero se nos cae el cielo encima cuando vemos la lista AFI Movies Of The Year, y comprobamos que junto con las obras de Malick, Eastwood, Scorsese o Fincher, figuran la sobrevalorada "Los descendientes" (Alexander Payne) y la esperpéntica "La boda de mi mejor amiga" (Paul Feig). Definitivamente, la tercera película de Mills ("Paperboys" de 2001 y "Thumbsucker" de 2005) ha pasado completamente desapercibida, ha sido la gran ignorada del año, tanto en la crítica como en el reconocimiento de los grandes galardones.



         Protagonizada por un consagradísimo Ewan McGregor, encarnando al dibujante Oliver, hace uno de sus mejores papeles (lejos ya de caracterizar a Mark Renton, Obi-Wan Kenobi o Edward Bloom), nos ofrece su interpretación más madura, seria, apesadumbrada y melancólica. Sabe regalar unos pocos momentos de alegría, casi siempre debido al personaje de Mélanie Laurent (Anna), para mostrarse en tonos grises y apagados el resto del film, ya sea por su aparentemente irreversible estado de soledad, por la pérdida de su padre o por la rememorada y extraña vida infantil contemplando la falta de afectuosidad entre su padre (homosexual reprimido) y su madre (una original y curiosa mujer que no respeta ninguna imposición).



        Y es que, efectivamente, es una película de corte melancólico y sutil, que compagina a la perfección un guión cuidado, ágil a pesar de todo, y nada acostumbrado, con unas interpretaciones que caracterizan magistralmente los problemas, ausencias y estados de ánimo que sufren los personajes. Por un lado, contamos con la mejor interpretación hasta la fecha del venerable Christopher Plummer (a quien pudimos ver recientemente en "El Imaginario del Dr. Parnassus", "Millennium" o "La última estación"), actor veterano y mal reconocido en lo que a premios se refiere, aunque, es prácticamente seguro que ganará el Oscar a Mejor Actor Secundario a finales de este mes. El personaje que encarna Plummer (Hal) es el más curioso, un experto en arte que, tras la muerte de su mujer, y pocos años antes de morir él, le confiesa a su único hijo (McGregor) que es homosexual. A partir de esta sorprendente declaración comenzará con un viaje, tanto interior como social, para recuperar el tiempo perdido, adentrándose en de lleno en el ambiente gay, buscando amistades que compartan sus inquietudes así como una pareja estable. Este personaje representa las ganas de vivir, a pesar de ser anciano y acabar de perder a su esposa (a quién amaba a pesar de ser homosexual), así como reencontrarse a sí mismo y explorar una vida que le pertenece y que siempre mantuvo en silencio. Representa las ganas de vivir como él mismo, aprovechando hasta el más corto período de tiempo que le quede, después de haber llevado una vida reprimida y conformista. Cierra el elenco, la francesa Mélanie Laurent, a quien pudimos ver en "Malditos Bastardos" (Quentin Tarantino, 2008) y en una retahíla de películas francesas. Laurent representa el miedo a dejar de ser libre, la libertad viciada y mal encaminada, que acaba por conducir a la soledad más absoluta, fruto de esa libertad que no entiende de permanencia ni compromiso y que acaba por estancarse en "habitaciones vacías". Se nos presentan en la película unos personajes que, curiosamente, el más vital y alegre es aquél que está enfermo, frente a dos jóvenes que están a punto de enamorarse pero que se aferran a sus traumas pasados (el fracaso anterior, por un lado, y el miedo a la pérdida de la libertad y a la soledad, por otro). No podemos dejar de hablar del perro de la película (Uggie, actor perruno del año junto con Cosmo, de "The Artist"), quien habla por medio de subtítulos, manteniendo cortas conversaciones con los personajes y dando un toque más innovador y conmovedor a la película.



        La película alterna mucho, y muy bien, entre la exposición de fotografías con un cariz meramente explicativo con el que busca ubicar no sólo espacio y tiempo, si no ideologías políticas y costumbres sociales predominantes, así como los tabúes sexuales que cada una conlleva. Todo ello, sin crear un ambiente de recriminación ni exaltación del orgullo gay, hecho que engrandece a la película y sus intenciones, ya que se mantiene en un diálogo plural y respetuoso, en el que habla de personas y no de homosexuales o heterosexuales (bien representado en el apoyo del personaje de McGregor hacia su padre y los amigos de éste), mostrando el lado más humano (ni gay, ni hetero, humano) e interior de los personajes.



         Es una película muy original e interna, melancólica pero con un tono más bien optimista, con una banda sonora emotiva y nostálgica, y una fotografía en tonos claros y fríos, se apoya en el uso de flashbacks para mostrarnos la infancia de Oliver (nada traumática ni infeliz), así como la personalidad de su madre y su trato con Hal. Es una película completamente recomendable e infravalorada, quizás difícil de ver si se tienen reticencias con el tema de la homosexualidad, pero para nada centrada en este tema, sino en el amor en general (sobretodo entre Oliver y Anna). Hal representa, indistintamente de su orientación sexual, las ganas de vivir, mayores, en muchos detalles, que los personajes más jóvenes. En conclusión, es un film melancólico y sutil, bien escrito y caracterizado y con un contenido bastante profundo.

Escenas: ¿Qué somos?, Quemadura química y Final ("El Club de la Lucha")

       
          Porque hacía mucho, mucho, que no posteaba ninguna escena ni hablaba de ninguna película. Y precisamente tenía apuntado desde hace mucho poner alguna escena de esta película, "El Club de la Lucha" (David Fincher, 1999) basada en el libro homónimo de Chuck Palahniuk, una de las joyas de la literatura norteamericana de finales del siglo pasado, así como uno de los referentes literarios de la Generación X. Esta película, que cuenta con Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter como protagonistas, y con la aparición de Meat Loaf y un jovencísimo Jared Leto entre los secundarios, es todo un referente del cine de los 90's, película de culto para muchos. Ya sea por la actitud nihilista y crítica de los personajes principales (cada uno con un trauma y una visión del mundo fruto de un desapego ataráxico), o por el planteamiento anti-cívico y primitivista del Proyecto Mayhem. La novela, y con más soltura la película de Fincher, creó una auténtica legión de adeptos, postulándose la obra como estandarte y emblema del inconformismo político-social y del más profundo y aberrante colapso ético, que aquejaba a gran parte de la juventud pesimista de los 90's. Son escenas con un mayor contenido filosófico y ético que cinematográfico (aunque los efectos de la película sean increíbles, así como su dirección, de un gran David Fincher), partiendo desde el particular y des-corazonador supuesto anti-moralista de Palahniuk.



         La primera escena, contiene un monólogo de Tyler Durden (Brad Pitt), mostrando toda la filosofía que este curioso personaje busca inculcar a todos los miembros del Club de la Lucha. El debate ético-filosófico a raíz de sus palabras es muy interesante, con conceptos anti-materialistas y espiritualistas, criticando el sistema de consumo exacerbado del capitalismo y la manipulación de los medios de comunicación.



        La segunda escena es la quemadura química que Tyler le provoca al narrador (Edward Norton), además de la perorata masoquista, nihilista y ateísta que le suelta mientras le sujeta la mano herida.

                

          La última escena es el final de la película, por lo que, si no la habéis visto o tenéis pensado verla, no os recomiendo que veáis este vídeo. Por eso mismo, no os voy a hablar más de la escena, salvo, quizás, en que deberíais prestar atención al clásico "Where Is My Mind?" de The Pixies.

martes, 31 de enero de 2012

"Sobre la soledad, el encierro, la fragilidad y otros males" (Ensayo 1º "Liderazgo Ético en las Organizaciones")



Si nos preguntamos a nosotros mismos “¿a qué tenemos miedo?”, muchos diremos al dolor, otros dirán que la muerte, todos diremos que a Hacienda, y sobretodo, a la soledad. Y es que es lógico temer al dolor, irremediablemente obligatorio temer la muerte, monetariamente comprensible temer a Hacienda y socialmente triste temer la soledad. Casi como una terrible y confusa enfermedad, la “soledad” se ha ido conformando como un mal que debemos evitar, una realidad vacía que soportar, y una opción que muchos no acaban de comprender. Y es que no somos capaces de ponernos en la mente de aquél que quiere vivir solo, que no quiere verse rodeado por nada ni por nadie. Individuo, soledad, y elección voluntaria, son tres términos que no se acaban de comprender sin caer en el error de tachar al sujeto de ser asocial o incívico. Sabemos que con la filosofía clásica quedó por escrito que el hombre es un ser social, que se enriquece a sí mismo en presencia de otros hombres, que construye, que crea y que dota su vida de más metas y sentidos compartiendo su unidad con el resto de la sociedad. Pero, histórica y empíricamente, también sabemos que las personas, las circunstancias, la ignorancia o las ideologías pueden revolucionar ese concepto de “sociedad justa y buena” (aquella en la que no debemos temer adentrarnos), para deformarlo en una sociedad envilecida, problemática, egoísta y moralmente esterilizada. La soledad es un arma de doble filo, como todo en la vida, “in medium virtus”. Ni la soledad más deshumanizada, ni la presencia social más despersonalizada, ni abstraerse ataráxicamente del mundo, ni sumarse ciegamente a una sociedad conformista y deteriorada. Personalidad, conocimiento de lo que se necesita, tiempo del que disponer, y razonamientos que nos ayuden a solventar nuestros problemas: las variables de la ecuación de una soledad bien empleada. Recogerse, conocerse, abstraerse, evadirse, o, simplemente, leer, estudiar, cine, ópera, fotografía. No es cierto que en sociedad se pueda hacer todo, hay cosas que determinan nuestra interioridad y enriquecimiento cultural que solo se pueden hacer lejos del ruido de voces que no ayudan a formarnos, o que, a base de gritos y berridos, nos perjudican gravemente. La soledad no siempre es buena, no siempre es mala, pero la sociedad tampoco, no siempre es mala, y no siempre es buena. Vivir en sociedad y trabajar en su riqueza colectiva es crear valor cultural y moral, además del económico. Vivir en una soledad parcial y dosificada es trabajar en la riqueza interior, es implantar conocimiento y control dentro de nosotros, es crecernos espiritualmente y poner en orden nuestros pensamientos.


Lógicamente, vivir en sociedad es necesario desde un punto de vista fisiológico, educacional, sentimental y utilitario. No obstante, una vez saciadas las necesidades de aprendizaje y de supervivencia, tenemos la capacidad analítica y crítica de centrarnos en lo que nos rodea, cosas buenas, y cosas no tan buenas. Cosas que te hacen tener bien alta la cabeza, y cosas que te obligan sumisamente a mantenerla gacha y querer estar solo, por olvido, redención o desconcierto. ¿Querer estar en sociedad? una clara realidad, ¿querer estar solo? una puntual necesidad. En resumen, la soledad es temida en su extremo más radical, esa soledad irreversible que nos llega de rebote, que supone la pérdida y no la elección, y que cambia nuestra vida y desdibuja nuestro día a día. Ese temor es comprensible, es el temor de aquel que tiene algo (vida familiar, amistad, reconocimiento) y, sencillamente, no lo quiere perder (soledad, dolor, desprestigio, tedio).


Es normal comparar la soledad con el vacío, y el transcurso de ese vacío vital cotidiano con el dolor anestesiado de no tener algo que lo llene. Pero la verdad es que es en casos extremos donde valoramos positivamente la soledad, en esos casos que hacen zozobrar nuestra vida y nuestros planes. Tras una pérdida dolorosa, ansiedad o angustia, estar solo deja de ser un infantil tabú social y pasa a ser una necesidad. Incomprensión, infelicidad, intolerancia a los demás, ¿intolerancia a los propios amigos?, quizás. Y es que la soledad puede derivar en un encierro, en una larga y dolorosa reclusión en uno mismo, en mantener una actitud quasi-catatónica que, realmente, deja de suponer abstracción y reencuentro interior, para pasar a ser la cara verdaderamente nociva de la soledad.


La soledad en sí misma es, buena, necesaria, sin embargo, el encierro y la depresión es la terminación malsana y traumática de ese desapego social por los demás y por la parte de uno mismo que respecta al trato con familiares o amigos. Estar solo en algún momento es “parada obligatoria” a la hora de encarar algún problema o superar alguna pérdida. Pero esta cruenta y desalmada soledad guardará justificación mientras sirva para poner en orden los pensamientos y, poco a poco, ir dándose a conocer a amigos o seres queridos. Caer en depresión, hacer de ese estado (soledad) necesario, e incluso recomendable, algo permanente, demuestra su mal uso: la erradicación de lo socialmente bueno en lo interiormente marchito. “Soledad”, “depresión”, “fragilidad”, son “algo humano”, “algo doloroso/superable” y “algo irremediablemente malo”. En conclusión, la soledad mala es aquella que genera un fuerte cambio en la conducta social y temperamental del individuo, que se excede en el tiempo y crea un encierro en sí mismo y, además, atenaza a aquellas personas frágiles o levemente sensibles, abriéndoles la puerta de pensamientos y sentimientos, que o bien les pueden estimular, o bien torturar.


La persona tímida o ensimismada, el concepto romántico de “lobo solitario” o el marginado burtoniano, se han visto dilapidados por la opinión pública, sobretodo en los jóvenes o ambientes colegiales y universitarios, donde aún no se comprende la soledad escogida, escoger ser “diferente” o simplemente no encontrar atracción por lo que le atrae a la mayoría. Algo tan sencillo como “hoy no quiero salir de fiesta, quiero leer un libro” supone, para muchos, el grito de guerra de un sujeto completamente “freak”, asocial y penosamente patético. Este planteamiento, aderezado con la triste creencia de que estos años universitarios se deben (des-)aprovechar en forma de ingentes cantidades de alcohol y absurdas fiestas, acaba de martirizar a aquellos que escogen la soledad como forma de potenciar sus conocimientos, su sensibilidad artística o su crecimiento personal (soledad empleada constructivamente).


Es imprescindible resaltar el contraste entre una soledad buena, y que no admite reproches sociales, de aquella soledad nociva que, sigue sin admitir reproche social, sino que precisa la ayuda de aquellas personas capaces de paliar el sufrimiento de la persona que la sufre. Una soledad bien empleada es una parte importante del día a día, mientras que la soledad involuntaria o trágicamente extendida supone el tedio y la intolerancia hacia una vida que no avanza, que se mantiene en la [aparentemente] irremediable soledad del ser.

lunes, 30 de enero de 2012

"Thistle & Weeds" de Mumford & Sons



           Porque hacía mucho que no publicaba otra cosa que no fueran fotos, y porque llevo unos días sin dejar de escuchar esta canción de los británicos Mumford & Sons, con un indie folk bastante más movido que Bon Iver o Kings Of Convenience, los otros grandes exponentes de este subgénero. Son de lo mejor dentro del panorama folk británico actual.

Bilbao (Enero 2012) Pt. 1
















martes, 24 de enero de 2012

"Un paseo por Segovia" Pt. 2.3






"Un paseo por Segovia" Pt. 2.2: Acueducto









lunes, 23 de enero de 2012

Surferos-Biarritz (variaciones)






martes, 17 de enero de 2012

"Un paseo por Segovia" Pt. 2