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jueves, 29 de marzo de 2012

Los sindicatos y su huelga general: al servicio del neardentalismo cívico


        Los sindicatos se crearon, allá por el siglo XIX, con un intenso sentimiento de necesidad y urgencia. Las relaciones laborales entre empleadores y trabajadores eran, en la mayoría de casos, injustas, explotadoras, e incluso peligrosas. En aquellos tiempos, la práctica laboral o empresarial tenía un solo fin: reportar beneficio al empresario, de modo que, no solo amortizara el capital inicial sino que le acarreara ganancias con remarcada periodicidad. Esta forma de ver la actividad empresarial, originó un "todo vale" en sentido ético-laboral. La producción, y por tanto, el beneficio bruto, era lo importante, sin valorar las condiciones laborales más básicas. Es en esta época donde podíamos ver aberraciones sociales como el trato degradante al empleado, los oficios de especial peligrosidad, el sexismo laboral, la explotación de menores, así como la falta de higiene en el espacio físico del empleo, o la falta de garantías del empleado frente a su empleador. De este modo, y sin centrarnos en una realidad tan básica como el bajo salario por el trabajo realizado, la figura del empresario era realmente tiránica y dictatorial frente a un conglomerado de trabajadores que, circunstancialmente (demografía adversa), caían en el analfabetismo, y la falta de cualificación especial para desarrollar otros trabajos distintos a los meramente físicos. Esta realidad, respaldada por una sociedad que encontraba su riqueza y acomodo en la explotación laboral, establecía, realmente, una transgresión social que favorecía el clasismo y la marginación y distancia entre las clases sociales. En este contexto, los sindicatos significaron aliento y ayuda para los trabajadores que sufrían estas prácticas laborales, ya que luchaban por causas vitales, lícitas y éticas, como el reconocimiento de la dignidad de la persona como trabajador, todo tipo de garantías en el empleo, un trato justo, y un salario y un descanso (y demás requisitos mínimos a cumplir por parte del empresario) proporcional con la actividad laboral. 


       Pero, como ya hemos dicho, eso fue allá por el siglo XIX. Casi nada, que dirían algunos, ya que en aproximadamente dos siglos hemos podido vislumbrar todo tipo de legislaciones laborales en diferentes países desarrollados. Esa misma legislación laboral que prohíbe, y supera en la línea histórica, toda práctica anacrónica propia de la industrialización y el tiranismo patronal. Seamos sinceros, actualmente, la legislación (y, por ende, la jurisprudencia) laboral está al tanto, y reconoce y obliga al empresario a cumplir hasta el más pequeño de los deberes que tiene con sus empleados. Es sencillo, el panorama laboral actual dista mucho, muchísimo, del panorama laboral decimonónico. De hecho, es un abismo tal que comprende la Constitución, la ratificación de la ONU y de la Unión Europea, la creación de los partidos políticos de los cuales se desprenden los sindicatos de moda, así como una maravillosa y aliviante Declaración Universal de Derechos Humanos. Todo esto, sin contar con la percepción humana (en algunos casos, claro) y social que rodea las relaciones negociales y laborales, así como la aparición de la ética laboral o la dirección de personas como pilares fundamentales en la personalización y competitividad en la opinión pública de la mayoría de las empresas que conocemos. Así las cosas, podríamos considerar que el sentido vital de los sindicatos está obsoleto, superado y cumplido. ¡Felicidades! Lo conseguisteis, hicisteis algo bueno por los trabajadores y la sociedad: ayudasteis a que se cumpliera algo que el cristianismo venía diciendo desde hace mucho, que todo hombre y toda mujer posee una dignidad infinita que no se puede vulnerar.


       Pero, qué difícil son las cosas. No lejos de contentarse y relamerse con las mieles del trabajo bien hecho, y la satisfacción de haber logrado cierta importancia en el panorama político en general, los sindicatos han aprovechado los descosidos democráticos y pluralistas para envolver a los ciudadanos con sus utópicos (o más bien distópicos) cantos de sirena . Hoy en día, los sindicatos se conForman como los valedores prácticos, diarios y cercanos de los trabajadores, frente a la vulneración de sus derechos, con el único superior jerárquico que la jurisdicción social. Sin embargo, es visible, palpable y notorio, que los sindicatos se comPortan como los competidores (nacionales y regionales) más forzudos de un tira-soga político que implica a toda la sociedad. Actualmente, la función primordial de los sindicatos, es, en la práctica, el "tira y afloja" entre las respectivas fuerzas políticas o empresariales. Por ejemplo, un sindicato siempre estará en contra de las sugerencias o medidas del empresario, de modo que siempre intentarán "rascar" más hacia el lado de los trabajadores. Este ejemplo, que por un lado y en la teoría se podría considerar muy beneficioso para los trabajadores, supone el freno interno de toda actividad empresarial, sin atender a razones lógicas que ponga sobre la mesa el empresario. Bien es cierto que el empresario no debe frivolizar sobre los puestos de trabajo, y es lícito que los sindicatos negocien por conservar dichos puestos de trabajo. Pero es una verdad universalmente conocida que "de donde no hay, no se puede sacar". La actividad empresarial, como pilar fundamental del desarrollo económico y competitivo de una sociedad (más en términos de globalización), supone tomar decisiones difíciles (de ahí, el gran beneficio económico que puede reportar si se desarrolla correctamente), decisiones que corresponde al empresario o al consejo administrativo y que, al igual que sobre los empleados, repercutirán sobre la propia empresa. De este modo, los sindicatos se inmiscuyen, so pretexto de vigilar los derechos de los trabajadores, en decisiones que no les competen, sobre materias que igualmente no les competen, condicionando el margen de maniobra que, legítimamente (ya que, podríamos decir, para eso es su empresa) posee el empresario o empleador. Otro ejemplo, sería la negativa constante y reiterada a toda medida o reforma que un partido de la derecha crea conveniente desarrollar. Independientemente de lo adversa que sea cualquier situación, y al igual que en el caso de la empresa con el "empecinamiento sindical", un sindicato sirve más a la ideología de izquierdas que a la propia lógica política-social. Es un "NO" continuo a lo que diga el empresario o la derecha, es desatender necesidades (que acaban afectando a los propios trabajadores) por acumular importancia política (que la tienen) y afiliados en busca de, cómo no, más (lo que sea: salario, seguros médicos, prestaciones laborales...). La principal arma que tienen los sindicatos es el poder de convocatoria, aderezado con una sutil y nutritiva capacidad para la manipulación mediática y retórica. Como corderitos dulces e inocentes, los afiliados obedecen toda pretensión kamikaze que busque la obtención de mayor poder institucional por parte de su sindicato, manifestando notablemente la falta de inteligencia y criterio, por un lado, y de ensimismamiento y encerramiento político, por otro.


        Asimismo, los sindicatos se postulan como entes que ahí están, que van de la mano con la izquierda del país, y que de vez en cuando (es decir, a diario) dan su opinión intelectual, docta y sabia (nótese la ironía) sobre mercados internacionales, productividad, medidas fiscales y políticas laborales. Para más inri, los sindicatos predominantes en la actualidad, CC.OO. y UGT se desgranan de partidos políticos de corte comunista y socialista respectivamente, lo cual los coloca, por antonomasia y definición, como confesos enemigos de la economía capitalista, que es la división en la que juegan, en la actualidad, prácticamente todos los países desarrollados. Igualmente, mantiene un carácter sectario y de (hipotética) unidad frente al empresario o al político de derechas. Más concretamente, resulta bochornosa la hipocresía fáctica de personajes como Cándido Méndez, secretario general de UGT, que, escándalo tras escándalo, resulta que tanto su sindicato, como CC.OO. tienen cuentas millonarias fruto de los irregulares ERE's de Andalucía. Si por los sindicatos fuera, directamente, no nos encontraríamos en una sociedad como en la que nos encontramos, ya que propugnan una teoría socialista y comunista, teorías ya superadas y de difícil práctica. Por ello, es una realidad que los sindicatos forman parte de esa clase política y ciudadana que vive anclada en un pasado teórico y puramente ideológico, donde no importan los intentos fallidos por parte de los soviéticos y sus países satélites.


      Pero, de forma equidistante a estas cuestiones, nos encontramos con la gran expresión del neardentalismo cívico: la huelga general. Lo que en un principio es un derecho constitucional, el derecho de huelga, se contrapone como la carta blanca de todo ciudadano para no-trabajar y criticar las medidas gubernamentales. Pero no solo eso. Seamos sinceros, ¿de verdad creemos que unos sindicatos que proceden de la izquierda más extrema, no van a manifestarse contra un partido de derechas, actúe correctamente o no? Claro que no, se manifestarán aunque les dejen a los sindicatos redactar un nuevo Estatuto de los Trabajadores. Realmente, es un cruce entre crítica política-ideológica y laboral, todo ello condensado con la errática e indecorosa creencia de que la Derecha+Iglesia+ClaseMedia/Alta únicamente quiere restringir los derechos de los trabajadores. Lo podemos oír en cada entrevista a los sindicalistas, hoy mismo, en la televisión o los periódicos. Supuestamente, los sindicatos están luchando contra la inminente restricción de derechos de los trabajadores. Y quien dice restricción, dice vulneración, erradicación, violación o menosprecio, precisamente de unos derechos que poseemos todos los españoles. Todos, ya que todos tenemos el derecho al trabajo y podemos ser sujetos de obligación y derechos por parte del Estatuto de los Trabajadores. Entonces, ¿qué podrían decir los sindicalistas? ¿que la Derecha, es decir, el Partido Popular = Gobierno de España, intenta crear un desbarajuste para aquellos empleos o contratos que no se blindan tanto con la presente reforma? No, son simples ganas de crear una desestabilidad política y de opinión pública que mine la credibilidad institucional de un Gobierno en ciernes y que, la verdad sea dicha (le pese a quien le pese), tiene que hacer frente a una errática y dolorosa herencia de malestar social, económico y moral. Esa misma herencia que, en el plano moral, hace odiar, por parte de la izquierda todo movimiento político y completamente legítimo (una mayoría absoluta lo respalda) que realice la derecha, criticando lo incriticable, por simple gratuidad y facilidad para hacerlo. Porque sí, mucha crisis económica, y de valores, pero ahora podemos ver el envilecimiento retrógrado y "zancadillesco", de la izquierda más deshonrosa, que no deja de tirar los pocos trastos que le quedan no sólo contra el Partido Popular, sino con una inmensa mayoría de españoles que le votó en las Elecciones Generales. Precisamente, a propósito de esta afirmación, no han dudado en "revocar" esa pasada y aplastante victoria, por una fría acogida en las elecciones autonómicas, que supondrán, con toda seguridad, unos cuantos kilómetros más bajo tierra para la inerte y "palurdizada" Andalucía.


        Pues bien, hoy 29 de marzo de 2012, sufrimos otra huelga general. Una huelga general que indica, como nunca antes lo había hecho, la falta de criterio y ganas de ayudar de los sindicatos y de la izquierda en general, que se postula como eterno crítico-destructivo con respecto a su sucesor en el Gobierno (actividad favorita de la izquierda: manipular, mentir, criticar, avivar llamas de odio fraticida...). Resulta interesante, dentro del ambiente huelguista, como los sindicalistas han querido fusionar dos artículos de la Constitución (los sindicatos aparecen en el 7º), como son el que reconoce los Partidos Políticos, y el 8º que trata sobre las Fuerzas Armadas. Me refiero, claro está, a las prácticas coactivas que, en voz y puños de los piquetes, conlleva toda huelga general "que se precie". Si, en principio, la misma huelga general presenta un claro objetivo y pretensión de un ente concreto, es lógico entender que la credibilidad y éxito de éste es producto directo del éxito de la propia huelga. Así las cosas, el éxito de todo sindicato y sindicalista se deriva del seguimiento de la huelga general. ¡Pero qué listos son! Algo que, históricamente, es muy propio de la izquierda, es el desorganizado y caótico trato hostil, una convicción que solo la ignorancia y el odio puede generar. De ahí, de ese precioso mejunje, sale la figura del piquete. Esta figura, que ya nadie recuerda su sentido en los inicios de los sindicatos, se ha perfilado como el lado violento, delictual, agresivo y antijurídico de la huelga. Vale, lo reconozco, existe un derecho a la huelga, pero este derecho jamás preponderará sobre la libertad individual y personal de todo hombre y toda mujer. El verdadero logro de la humanidad tras un tormentoso siglo XX fue la ratificación institucional del Estado de Derecho y la consideración de plena libertad para los ciudadanos, dentro de lo permitido en el marco de la legalidad. Por ello, es un horrible abuso, que siquiera puntualmente (ya que, gracias a Dios, huelgas generales no hay todos los días) exista una figura tan redomadamente ilegal e ilícita en su práctica habitual. Como todos sabemos, los piquetes coaccionan a comerciantes o trabajadores, para que se unan (forzosamente) a la huelga, lo cual consiguen gracias a la manada que tiene detrás, que no para de intimidar y proferir alaridos hostiles. El piquete, es un cruce entre embaucador y inquisidor de la peor calaña, que no duda en convertirte a su atea "religión", so pena de desagradables consecuencias nada purificadoras. Igualmente, el vandalismo va de la mano con esta figura, ¿si uno tiene la libertad de coaccionar y provocar cierres en los comercios, porque no la iban a tener sus compañeros a la hora de destrozar mobiliario urbano y privado? Continuamente podemos ver como todo un sindicato o marcha sindical se ve perjudicada por la actuación de unos pocos (o eso queremos creer) que no duda en llevar a la práctica la coacción, las amenazas o el vandalismo. Pero esto no solo genera un daño económico, estos hechos ponen de manifiesto la crudeza moral de los sindicatos que lo toleran y lo promulgan. En días como hoy, podemos ver la falta de educación de los sindicatos, a base de gritos, insultos, proclamas absurdas, además de las ya citadas coacciones. No dudan en hacer "ruido", un ruido destinado a la expansión del mensaje sindical, pero que realmente, pone de manifiesto la verdadera naturaleza anti-social de estos sujetos, auténticos neardentales cívicos, o mejor dicho, in-cívicos. Los sindicatos llevan toda la vida con el verbo LUCHAR como máxima proclama, como si de una auténtica guerra empleado-izquierda&empresario-derecha se tratase, difamando toda postura de acercamiento negocial. En plena era de los derechos humanos, al menos en un plano tan notorio como éste, es intolerable el lenguaje sindical de hoy en día, un lenguaje que cual proclama bolchevique llama a avivar un odio de generaciones pasadas que verdaderamente sufrieron el coste de sus acciones.


martes, 31 de enero de 2012

"Sobre la soledad, el encierro, la fragilidad y otros males" (Ensayo 1º "Liderazgo Ético en las Organizaciones")



Si nos preguntamos a nosotros mismos “¿a qué tenemos miedo?”, muchos diremos al dolor, otros dirán que la muerte, todos diremos que a Hacienda, y sobretodo, a la soledad. Y es que es lógico temer al dolor, irremediablemente obligatorio temer la muerte, monetariamente comprensible temer a Hacienda y socialmente triste temer la soledad. Casi como una terrible y confusa enfermedad, la “soledad” se ha ido conformando como un mal que debemos evitar, una realidad vacía que soportar, y una opción que muchos no acaban de comprender. Y es que no somos capaces de ponernos en la mente de aquél que quiere vivir solo, que no quiere verse rodeado por nada ni por nadie. Individuo, soledad, y elección voluntaria, son tres términos que no se acaban de comprender sin caer en el error de tachar al sujeto de ser asocial o incívico. Sabemos que con la filosofía clásica quedó por escrito que el hombre es un ser social, que se enriquece a sí mismo en presencia de otros hombres, que construye, que crea y que dota su vida de más metas y sentidos compartiendo su unidad con el resto de la sociedad. Pero, histórica y empíricamente, también sabemos que las personas, las circunstancias, la ignorancia o las ideologías pueden revolucionar ese concepto de “sociedad justa y buena” (aquella en la que no debemos temer adentrarnos), para deformarlo en una sociedad envilecida, problemática, egoísta y moralmente esterilizada. La soledad es un arma de doble filo, como todo en la vida, “in medium virtus”. Ni la soledad más deshumanizada, ni la presencia social más despersonalizada, ni abstraerse ataráxicamente del mundo, ni sumarse ciegamente a una sociedad conformista y deteriorada. Personalidad, conocimiento de lo que se necesita, tiempo del que disponer, y razonamientos que nos ayuden a solventar nuestros problemas: las variables de la ecuación de una soledad bien empleada. Recogerse, conocerse, abstraerse, evadirse, o, simplemente, leer, estudiar, cine, ópera, fotografía. No es cierto que en sociedad se pueda hacer todo, hay cosas que determinan nuestra interioridad y enriquecimiento cultural que solo se pueden hacer lejos del ruido de voces que no ayudan a formarnos, o que, a base de gritos y berridos, nos perjudican gravemente. La soledad no siempre es buena, no siempre es mala, pero la sociedad tampoco, no siempre es mala, y no siempre es buena. Vivir en sociedad y trabajar en su riqueza colectiva es crear valor cultural y moral, además del económico. Vivir en una soledad parcial y dosificada es trabajar en la riqueza interior, es implantar conocimiento y control dentro de nosotros, es crecernos espiritualmente y poner en orden nuestros pensamientos.


Lógicamente, vivir en sociedad es necesario desde un punto de vista fisiológico, educacional, sentimental y utilitario. No obstante, una vez saciadas las necesidades de aprendizaje y de supervivencia, tenemos la capacidad analítica y crítica de centrarnos en lo que nos rodea, cosas buenas, y cosas no tan buenas. Cosas que te hacen tener bien alta la cabeza, y cosas que te obligan sumisamente a mantenerla gacha y querer estar solo, por olvido, redención o desconcierto. ¿Querer estar en sociedad? una clara realidad, ¿querer estar solo? una puntual necesidad. En resumen, la soledad es temida en su extremo más radical, esa soledad irreversible que nos llega de rebote, que supone la pérdida y no la elección, y que cambia nuestra vida y desdibuja nuestro día a día. Ese temor es comprensible, es el temor de aquel que tiene algo (vida familiar, amistad, reconocimiento) y, sencillamente, no lo quiere perder (soledad, dolor, desprestigio, tedio).


Es normal comparar la soledad con el vacío, y el transcurso de ese vacío vital cotidiano con el dolor anestesiado de no tener algo que lo llene. Pero la verdad es que es en casos extremos donde valoramos positivamente la soledad, en esos casos que hacen zozobrar nuestra vida y nuestros planes. Tras una pérdida dolorosa, ansiedad o angustia, estar solo deja de ser un infantil tabú social y pasa a ser una necesidad. Incomprensión, infelicidad, intolerancia a los demás, ¿intolerancia a los propios amigos?, quizás. Y es que la soledad puede derivar en un encierro, en una larga y dolorosa reclusión en uno mismo, en mantener una actitud quasi-catatónica que, realmente, deja de suponer abstracción y reencuentro interior, para pasar a ser la cara verdaderamente nociva de la soledad.


La soledad en sí misma es, buena, necesaria, sin embargo, el encierro y la depresión es la terminación malsana y traumática de ese desapego social por los demás y por la parte de uno mismo que respecta al trato con familiares o amigos. Estar solo en algún momento es “parada obligatoria” a la hora de encarar algún problema o superar alguna pérdida. Pero esta cruenta y desalmada soledad guardará justificación mientras sirva para poner en orden los pensamientos y, poco a poco, ir dándose a conocer a amigos o seres queridos. Caer en depresión, hacer de ese estado (soledad) necesario, e incluso recomendable, algo permanente, demuestra su mal uso: la erradicación de lo socialmente bueno en lo interiormente marchito. “Soledad”, “depresión”, “fragilidad”, son “algo humano”, “algo doloroso/superable” y “algo irremediablemente malo”. En conclusión, la soledad mala es aquella que genera un fuerte cambio en la conducta social y temperamental del individuo, que se excede en el tiempo y crea un encierro en sí mismo y, además, atenaza a aquellas personas frágiles o levemente sensibles, abriéndoles la puerta de pensamientos y sentimientos, que o bien les pueden estimular, o bien torturar.


La persona tímida o ensimismada, el concepto romántico de “lobo solitario” o el marginado burtoniano, se han visto dilapidados por la opinión pública, sobretodo en los jóvenes o ambientes colegiales y universitarios, donde aún no se comprende la soledad escogida, escoger ser “diferente” o simplemente no encontrar atracción por lo que le atrae a la mayoría. Algo tan sencillo como “hoy no quiero salir de fiesta, quiero leer un libro” supone, para muchos, el grito de guerra de un sujeto completamente “freak”, asocial y penosamente patético. Este planteamiento, aderezado con la triste creencia de que estos años universitarios se deben (des-)aprovechar en forma de ingentes cantidades de alcohol y absurdas fiestas, acaba de martirizar a aquellos que escogen la soledad como forma de potenciar sus conocimientos, su sensibilidad artística o su crecimiento personal (soledad empleada constructivamente).


Es imprescindible resaltar el contraste entre una soledad buena, y que no admite reproches sociales, de aquella soledad nociva que, sigue sin admitir reproche social, sino que precisa la ayuda de aquellas personas capaces de paliar el sufrimiento de la persona que la sufre. Una soledad bien empleada es una parte importante del día a día, mientras que la soledad involuntaria o trágicamente extendida supone el tedio y la intolerancia hacia una vida que no avanza, que se mantiene en la [aparentemente] irremediable soledad del ser.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

"Un panorama desalentador" (Ensayo 5º "Claves del Pensamiento Actual")



        Desde hace ya algún tiempo, es típica y cotidiana la actividad de mirar a nuestro alrededor y suspirar por la situación en la que se encuentra el mundo. No hace falta ajustarse las gafas o forzar la vista, el mundo cambia. Quizás a una velocidad tardía e incomprensible, quizás con una rapidez desmesurada y desestabilizante, pero, para bien o para mal, cambia. Después de soportar un siglo de contrastes e incongruencias, es misión del siglo XXI alivianar y responder a las expectativas decimonónicas que el siglo pasado no supo cumplir. Si bien dejó un legado de avances y maravillas político-sociales, dejó también la cruda demostración del envilecimiento moral de los hombres tanto fuera como dentro de las leyes democráticas. Es visible a través de los años y la memoria, casos donde motivos de alegría para viejos nostálgicos (instauración de la democracia) se convierte en el potro de tortura para los coetáneos (genocidio sistemático al abrigo de la legalidad), donde puede verse que el sistema creado, en muchos casos, no es tan digno o justo como podría pensarse.


         Hemos llegado a un punto que, a causa del conformismo y la comodidad que puede suponer la sensación de seguridad en la democracia y el reconocimiento de derechos, no somos conscientes de la fragilidad y la inmadurez real de nuestro sustento político, es relativamente joven y le faltan galones por ganar. Actualmente vivimos en una situación de “perplejismo” político-social, no somos conscientes de que tanto nuestro bienestar como aquello que el Estado nos garantiza, es fruto de los sueños de muchas personas a lo largo de la Historia, tanto en la práctica como sobre el papel, pero sin embargo, a ese fruto le faltan décadas por soportar, situaciones extremas que solucionar y superar una serie de ideologías beligerantes que coartan el logro de una paz real. Es, como ya hemos dicho, relativamente joven, ya que podría decirse que, es ahora, y supuestamente, gracias a cada nueva ley, el mejor momento de la Historia en cuanto a la libertad de las personas, su dignidad y los derechos que gozamos. Todo lo que se hace ahora está destinado a reforzar la democracia, entendiéndose que el fortalecimiento de la democracia, la libertad de expresión y el pluralismo político va ligado a la defensa de la dignidad humana. En la teoría, claro, ya que, precisamente a causa de la libertad de expresión y el pluralismo político, la dignidad humana se ve mermada por ser éstos altavoz y pantalla de ideas aberrantes que, lastimosamente, tienen cabida en el “todo vale” político y social que nos ha tocado vivir.


         En Occidente estamos completamente convencidos de que la democracia es el sistema político idóneo, hasta tal punto que el mundo islámico, completamente cerrado en tradiciones y costumbres, nos emula en sus recientes luchas por derechos democráticos, con mucha razón, pero sin organización ni consenso más allá de lograr el cambio político, salvajadas tiranicidas aparte. La democracia supone un canto de sirena para toda sociedad moderna, una buena forma de debatir ideas y comerciar con principios, pero el problema llega cuando lo inmoral y lo reprobable, que encuentra paso por la puerta de la libertad de expresión y el pluralismo, forma parte de lo dominante, lo deseado y por tanto, lo electoralmente legitimado. De este modo, no hay peor dictadura que la maquillada con tintes democráticos, frente a lo cual solo cabe el inconformismo y la determinación, aderezados con el convencimiento de los principios ético-morales. Joaquim Fest repitió en muchas ocasiones una frase del Evangelio de San Mateo, “etiam si omnes, ego non” (“Aunque los demás participen, yo no”), como recordatorio de la defensa de lo correcto aun cuando las autoridades, con toda su fuerza y poder de persuasión, incitan a actuar de forma contraria. Si bien Fest dedicaba estas palabras a la falta de libertad en una dictadura, también podrían decirse hoy en día, cuando no solo tenemos toda la libertad, sino un exceso de crueldad y sinsentido en el uso de esa libertad, una libertad viciada y completamente prostituida a ideologías fáciles y seductoras.


         Con la separación Iglesia-Estado, lo público pretende desprenderse de lo cristiano, aun cuando oye voces en contra, pretende lapidar la moral y crear unas reglas mal llamadas “progresistas” que, supuestamente, supondrán el progreso y la modernización de la sociedad. Un hipotético progreso cuyos cimientos serán, por lo visto, fetos sin vida, cruces retiradas, más mezquitas y una incoherente intolerancia hacia quienes tratan de vivir según sus principios. Este, nos parece que es un problema principal en España, y quizás en gran parte de Europa. Además de las imperfecciones varias de la política española, trajes y gasolineras aparte, existe la tendencia regresivamente llamada “progresista” de ocultar lo propio, lo tradicional y digámoslo, lo cristiano. Pretende desprenderse de lo que, por cuestiones históricas, odia y aborrece, por caer en el error de ver lo moral y la fe católica como un elemento político que permanece anacrónica y “distópicamente” en la vida diaria de la sociedad. De este modo, se persigue atraer lo exterior, y muchas veces lo antitradicional, dándole el nombre de multiculturalismo, erróneo siempre y cuando no se potencie y respete por igual las tradiciones previas, cuyo máximo exponente es el respeto por el sentimiento histórico primordialmente cristiano.


         Un país debe ser solidario y abierto, si interpretamos que las culturas se enriquecen unas a otras. No obstante, no es el caso cuando se nos presenta un panorama desalentador, en el que los nacionales rehúyen de su religión, no la viven o simplemente la inmolan, interna o externamente. Europa, y especialmente España, vive en la tendencia de menospreciar el cristianismo por hacer hueco a lo que creen correcto a nivel político y de tolerancia, y es un problema, cuando de forma paralela se nos presenta un aumento demográfico desmesurado de la población islámica, población que, generación a generación adquiere la nacionalidad española y que profesa una fe, que a día de hoy, en muchos supuestos puede considerarse completamente contraria a la dignidad de la persona (respeto primordial a la sharia frente a la legislación española y cuestión de la dignidad de la mujer). En conclusión, Europa y muy especialmente España, afronta un problema de pérdida de identidad, pérdida perseguida políticamente y manipulada, donde la tradición cristiana (o simplemente moral) se pretende erradicar, con la bandera del multiculturalismo, el “progresismo” y la tolerancia.




Ensayo realizado junto a Aarón Mejías Purriños, gran compañero y amigo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

"Otra completa lástima" (Ensayo 4º "Claves del Pensamiento Actual")

          
         Es triste ver cómo algo muy importante para muchos se ve trivializado y banalizado por tantos otros, se automatiza y animaliza, se pervierte y se envilece, se prostituye.  Más triste es ver y palpar la decadencia de la razón, la voluntad y el amor propio, la levedad de los ideales y la incisiva contundencia de lo momentáneo.  A estas alturas de nuestras vidas estamos más que acostumbrados a ver, en los demás o en nosotros mismos, la sumisión de la decencia y la virtud a impulsos desprovistos de sentimientos que únicamente obedecen a lo más básico de nuestro ser, a lo más superficial y lo más inmediato.  


           Vivimos en una sociedad sobresexualizada, anuncios publicitarios o tendencias con gran carga erótica se convierten en el menor de los problemas, el principal problema se asemeja a la mentalidad “abierta” que se instaura en cada joven, apertura de mente que repudia la castidad, la virginidad y la contención de los impulsos, una apertura de mente tan amplia que abre la puerta a la degradación, el arrepentimiento y la devaluación del sexo.  Ese es el problema, la pérdida de valor del acto sexual, el “todo vale”, el no necesitar un criterio inmutable para entregarse, no sólo no necesitarlo, sino llegar a inventarlo.  Unos dirán que Troya cayó por amor, mientras que otros dirán que cayó por lujuria.  Son dos visiones y una tiene más razón que otra.


          Siempre he pensado una cosa, quizás sea un poco absurdo, pero estoy completamente convencido: cada uno de nosotros nacemos con un “valor” (lógicamente, con similar dignidad), unos valen X y otros Y, más o menos, dependiendo de los méritos, las actuaciones y las decisiones.  Ese “precio” se aumenta o rebaja, según actuemos bien o mal, nos hacemos un hueco en el Mercado de Valores o lo perdemos.  Es lamentable ver cómo, día a día, personas con un valor incalculable se entregan o voluntariamente se deprecian o devalúan entregándose por menos de lo que deberían recibir a cambio.  Podría ser inmoral, pero, ya que estoy economizando la transacción, por lo menos sería  un muy mal negocio, sobre todo si el principal motivo de dicho negocio es un comportamiento irracional y completamente turbulento. Siguiendo con el ejemplo, mediando amor real o ilusión del mismo, un mal negocio, que en la práctica sería una entrega desinteresada, podría intentar justificarse con esa premisa.  Pero la entrega interesada, pues así concibo a una entrega carente de amor, no encontraría, según mi absurda teoría, justificación alguna, salvo el reconocimiento de la pérdida de valor por arriesgar y operar con valores inseguros, y sí, inmorales.


          Pero qué difícil es remar a contracorriente teniendo la sociedad que tenemos sobre nosotros, que en cierto modo, intenta adoctrinar para que en el consenso y consentimiento generalizado podamos todos acceder a goces propios del amor y adaptarlo al terreno de lo práctico, lo apetecible y lo lascivo, y sí, repito, lo inmoral. Lo que unos llaman “castidad, celibato o virginidad”, otros lo llaman “represión sexual u opresión de nuestro propio desarrollo”. Lo que unos denominan “espera” otros lo califican de “tortura”, lo que unos legítimamente llaman “elección o decisión” otros lo banalizan como “manipulación”. Qué pena que todo ocurra por no saber dominarnos, por ser débiles y no tener criterio, por no saber lo que queremos. Obrando mal, perdemos valor, nosotros y quien creemos querer, no pensamos en el mañana ni en el final, solo queremos aprovechar el ahora y el momento. “Todo es el momento” podría decirse, pero, en realidad, “todo” lo será en el futuro, la durabilidad, la familia, la autenticidad y la reiteración de los sentimientos. Sería una dulce ambición que cada persona fuera lo bastante valiente para entregarse solamente a la persona que la merezca y poner al tiempo y a la mesura como árbitros y testigos de dicho merecimiento, es decir, aguardar y asegurarse mientras dure el noviazgo. Si por la razón que fuera, te precipitaste en relaciones anteriores y te percatas del daño que provocaste y también sufriste como consecuencia de conseguir lo que querías, la redención, o vuelta atrás, consiste en saber cambiar, en poner los medios para no caer más, hasta el día que lo merezcas dando a cambio un amor verdadero y no un reflejo de algo que fingiste.


          Aparte del cariz duradero que se le quiera otorgar a una relación, basada en algún sentimiento o solo en temática sexual, es importante distinguir a las personas que lo conforman. Hoy en día podemos ver de todo, personas apasionadas y entregadas desinteresadamente de la forma más sincera, y personas manipuladoras, aprovechadas y maliciosas, que no dudan en aprender los métodos más casanovescos y viles para competir con la histórica sombra del Marqués de Sade, Casanova o Da Ponte. Hoy en día, podemos comprobar cómo el libertino y pícaro “Don Giovanni” se instaura en la mentalidad de todo joven carente de sentimientos verdaderos o criterio ético, siendo el sexo la actividad favorita de triunfantes acaparadores y embaucadores que no dudan en adueñarse de bienes paradisíacos ajenos.


          No resulta extraño comprender los motivos que impulsan a semejante mentalidad, ya que la poderosa tentación sexual puede llegar a estar omnipresente, pero en esta materia sería necesario cambiar el significado de “conquista” por el verbo “sucumbir”, ya que es equivalente el entrecomillado mérito a la debilidad de la cual se hace gala. De ahí, la importancia de marcar la existencia de un amor sincero, auténtico y demostrable como criterio de entrega sexual a la persona a la que se ame. Es importante saber decidir cómo y por qué sucumbir o entregarse ya que dicha decisión constata una gran parte de nuestra historia y personalidad. Es innegable que dentro de una entrega sexual también va implícita cierta entrega de nuestro ser, entregamos nuestra voluntad y lo hacemos por amor, es lo que da sentido a la entrega y la legitima. Entregarte a ti mismo, tu voluntad y todo tu ser a cambio de puro placer animalizado, es sexualizar una entrega que es más moral y espiritual que física, si lo contemplamos con los ojos de quien cree que el amor es la puerta principal del sexo y no una ventana más. Optar por lo fácil, no esperar, sino ansiarlo sin merecerlo, sería, en conclusión, otra completa lástima.

martes, 11 de octubre de 2011

"Mucho ruido y pocas nueces" (Ensayo 3º "Claves del Pensamiento Actual")

       
           Lo bueno de las personas es que, de vez en cuando, tienen personalidad, son distintas, o al menos eso parece. Personalidad aparte, fuerza de voluntad o animadversión a la exclusión social,  hay otra cosa buena de las personas, el poder de elección, escoger según crean conveniente. No obstante, una elección coherente y propia debe partir desde la personalidad individual, desde el interior de cada persona y no desde el primer párrafo de un dictado social. Una hipotética ecuación de la libertad de las decisiones daría siempre mal resultado si integra una personalidad débil, nula o inexistente, no sería una decisión, sería ciega obediencia. Sin embargo, hablando en general y prescindiendo de circunstancias que excedan de lo común, todos tenemos nuestras peculiaridades, por no llamarlas virtudes o defectos,  unas conocidas por quienes nos rodean, otras desconocidas para todos salvo para nosotros mismos. Aunque parezca un tópico, es difícil pensar en alguien sin personalidad, o con una personalidad vegetativa y vacía, o al menos, que tenga el déficit de interioridad que demuestra frecuentemente. Muchas veces, y siendo injustos con las personas, es legítimo dudar de la humanidad y del valor de alguien que, al menos de puertas hacia dentro, no sea un poco filósofa o humanista, que viva en su voluntario mundo a medida confeccionado con el desinterés, la ignorancia, el egoísmo y la reticencia hacia lo que suponga algún esfuerzo.


          No obstante, es necesario atender a nuestra historia propia, a nuestro desarrollo desde niños, no se nos puede exigir ser de una forma que nunca aprendimos. Por ello, muchos de los estilos de vida, son heredados, seguidos o imitados, ya sean, en mi opinión, mejores o peores. En estos casos es difícil percibir la existencia de cierta voluntariedad o, por otro lado, de conformismo. La actitud que diferencia la voluntariedad y el conformismo determina la personalidad, las ansias de mejorar y la coherencia con la forma de vida que se desea seguir. Y es, precisamente, seguir con coherencia aquello a lo que se incline nuestra personalidad la forma de vida que debemos llevar. La personalidad y el temperamento puede ubicarnos en un mundo lleno de productos, matices y posibilidades, puede ayudarnos a encontrar nuestro sitio, si es encontrar un sitio lo que buscamos o necesitamos. Puede ayudarnos a auto-enmarcarnos en una obra de arte colectiva que, según los críticos, podrá ser bellísima o de dudosa calidad. Entiendo que la personalidad también sabe guiarnos hacia aquello que más nos llame la atención o más nos guste, y poco a poco, presuponiendo siempre la libertad de elección, adopte el estilo de vida más acorde. No se trata de ponderar entre estilos de vida, aunque piense que unos son mucho mejores que otros, se trataría de una misión arriesgada ya que, doy por hecho que todos tenemos pretensiones y pasiones, superpoderes varios, gustos determinados y predisposiciones preconcebidas, y la suma de todos ellos justifica, con mayor o menor efectividad, la práctica de un estilo de vida concreto.


          Lo más importante de cada estilo de vida es su finalidad, lo que busca y persigue. Igualmente, es importante saber analizar el origen de cada estilo de vida, por ejemplo, aquellos que se guían por estímulos materiales, sociales, musicales, filosóficos… Es una forma de otorgar la seriedad y la consideración que merece cada estilo de vida, de modo que resulte recomendable o reprobable. Si atendemos a la intención de  “Ciudadano Kane”, Welles trata de ridiculizar la vida de Hearst, sobre todo en lo referente a su afán por coleccionar obras de arte aún en momentos de penuria económica. Welles reivindica el consumismo cultural de Hearst, almacenar arte por el simple hecho de poseer una gran colección. Pero más humanística me resulta la intención de Hearst, almacenar arte y poseer belleza, contemplarla y admirarla, ya que contemplar, en cierto sentido, es mirar con amor. Contemplar la belleza es una gran finalidad para un estilo de vida, según creo, la mejor posible.
      

          Por ejemplo, actualmente existe cierta animadversión reivindicativa hacia el consumismo, frecuentemente estamos en posición de defensa permanente frente a las fuerzas materialistas que restan importancia a la dignidad y a la dimensión humana. Es un estilo de vida, aquel que busca paliar los estragos del consumismo, tiene su fundamento (más humanidad y menos materialismo), su argumento básico (provecho y enriquecimiento inmoral, esclavitud psicosocial), sin embargo, su práctica y argumento particular es ilimitado, desde los que rechazan toda marca comercial, hasta los que hablan desde el calor de las marcas que critican. Con esto hablo del declive de un estilo de vida, la hipocresía genérica que puede contener los diferentes niveles de coherencia a la hora de practicar aquello que se predica. Este ejemplo, que creo que define lo que podría ser considerado como la crítica al consumismo, demuestra la pretensión de un estilo de vida y como puede luego, ser interpretado de forma distinta por cada persona, dependiente de la posición, tanto dentro como fuera, más acorde con sus ideas propias. La acepción “estilo de vida” ha ido perdiendo paulatinamente significado y gravedad, si bien podía agrupar a una serie de individuos con finalidad y objetivos comunes, hoy en día ni siquiera se necesita un objetivo ulterior que lo justifique. Hoy día basta con la mera actividad, sin rumbo fijo, solo actuar, de forma automática y mecanizada, “estilo de vida” ha dado paso a “moda”, el trasfondo se ha quedado en la apariencia, lo que en un principio apuntaba maneras no supo dar más de sí, se quedó en lo superficial, “mucho ruido y pocas nueces”.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

"Una completa lástima" (Ensayo 2º "Claves del Pensamiento Actual")

         
          Una y otra vez habremos oído decir a padres, profesores y a algún que otro adolescente confesar que “la juventud se pierde”, que, salvo pequeños arrebatos de interés por cuestiones públicas o de calado moral, la juventud en general alardea de una apatía e indiferencia, o simple desconocimiento, que roza lo nocivo. Si, como hemos dicho “la juventud se pierde”, se pierde ella y a sí misma en la ignorancia, la cultura, la falta de valores y por tanto, se aleja de lo justo, lo bello, lo que merece la pena. No he conocido otras generaciones, solo puedo ver lo que tenemos enfrente, la juventud y la sociedad que nos ha tocado vivir, pero la realidad da a entender que “tiempos pasados fueron mejores” y que, ahora mismo, hay algo que no va bien. Es, precisamente ahora, que el mundo parece estar loco, donde las carencias de la juventud confieren poca esperanza y poca previsión de un futuro mejor. En sociedades anteriores a la nuestra, la educación, por ejemplo, era superior, las normas protocolarias, de respeto y saber estar se cumplían consiguientemente, manteniendo un alto nivel en las relaciones personales. Hoy día, en una sociedad atenazada por el conformismo moral y la informalidad, ni algo tan básico y decoroso puede mantenerse a flote, algo cotidiano sobre lo que cimentar otros valores.


          Se dice que “cada país tiene los políticos que merece”, de igual forma podría decirse que la juventud de un país o sociedad es el producto directo de su modo de vida, sus carencias, sus mejoras, sus objetivos y sus ideas. En cierto sentido, ¿cómo podríamos imaginar, en términos generales, una juventud ambiciosa, competente y con ganas de aprender y mejorar, si los mandatarios, o simplemente parte de la población adulta, profesan ideas bárbaras, defienden tesis inmorales y viven exentos de principios? Siendo sincero, pienso que la perdición de la juventud no procede de la elección personal o colectiva de un sector de la población, que también es cierto, sino de carencias que los mismos adultos sufren. Por ejemplo, ¿qué podríamos reprocharle a los jóvenes que no quieren estudiar cuando ven a un alto mandatario del ejecutivo que no tiene carrera ni estudios superiores? Con esto quiero decir que, dejando de lado las decisiones de cada uno, de base se puede apreciar una falta de valoración objetiva de las cosas transcendentales, necesarias y morales, lo que degenera en una falta de criterio, acrecentada por el desinterés y el pasotismo hacia la búsqueda de ese criterio mal heredado. También es cierto que hay cosas que pertenecen a nuestro fuero más interno y que no debería aceptar influencia de los demás, por ejemplo en juicios valorativos sobre lo que está bien o mal, donde debemos atender a nuestra conciencia, pero es innegable la influencia familiar y de quienes nos rodean. En resumen, la actuales deficiencias que pueden verse proceden de carencias educacionales, falta de ejemplo en materia de valores, vida cultural y un atroz conformismo moral con el que muchos jóvenes tienen que convivir precisamente en esas edades que su mente empieza a formarse y necesita de sustento exterior.


          No trato de echarle la culpa a los mayores ni a los gobiernos como podría pensarse, si el resumen del párrafo anterior define que la crisis de valores afecta a personas de todas las edades, es otra realidad que extrapolando la educación obtenida, todo joven tiene poder de decisión y voluntad para centrarse en una determinada forma de vida, para elegir entre lo bueno y lo malo, lo moral y lo inmoral. El principal problema es la falta de criterio, lo cual hace válidas todas las tesis, desde las que defienden el “Carpe diem” hasta las que abogan por el poder de decisión de la mujer en materia del aborto. Vivir sin criterio es tener más difícil la elección entre lo correcto y lo incorrecto, lo cual está también íntimamente ligado con otras preferencias posiblemente desacertadas, como anteponer lo apetecible e inmoral antes que lo más tedioso, y posiblemente menos divertido, aunque ético. La falta de profundidad aparente que sufre la juventud, que puede verse traducida, en la práctica, en la ignorancia, la animadversión al pensar propio y la incultura. Hemos llegado a un punto que quien piensa, siente algo por el arte o se interesa por lo que ocurre más allá del botellón de turno, es un “freak”, un inadaptado social o simplemente aún no sabe lo que se pierde rechazando parte de los placeres más banales. Vivimos en una sociedad, adulta y joven, donde se agarra por los talones a aquellos que son capaces de ascender a más altura que nosotros, por envidia o por falta de un amor propio sano y real, por no querer reconocer la miseria personal, y por querer seguir viviendo en una realidad moral inventada, tallada a la medida de nuestras apetencias sin atender a cánones inmutables, lo cual, es una completa lástima.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

"All About Carlos" (Versión Extendida - C. Mankiewicz) (Ensayo 1.1º "Claves del Pensamiento Actual")

        “Vine a esta vida pegadito a la Capilla del Sagrario de la Catedral de Málaga, “varón y con mucha vitalidad”, que dijo la comadrona, el 10 de Octubre de 1991. Mis papás, José y María Jesús, se volvieron loquitos de alegría, y siguen igual, más cada día. Me bautizó Fray Emilio, en el Santuario de Santa María de la Victoria, patrona de Málaga, el 24 de Mayo de 1991, con los nombres de Carlos, José y Pedro…”.

        Estas fueron las palabras que un padre escogió para hablar del nacimiento de su hijo, en aquellos pequeños libritos que, escritos por él y haciéndose pasar por su hijo con gracia y cariño, se repartieron entre los invitados a su Bautizo. Sería incapaz de creer que alguien pudiera escribir sobre sus primeros pasos en la vida con más ternura y derecho que su propio padre. No cabe mejor presentación de un hijo que las palabras que su padre escribió hace ya algunos años. Sin embargo, él dictó la presentación, pero no dejó escrita ninguna continuación. Por ello, me temo, me incumbe a mi contar que fue de aquél niño más allá del 24 de Mayo de 1991.


        Conocí a Carlos De Domingo antes de 1997, no recuerdo exactamente en qué año, cuando entré en el colegio “El Romeral”. Carlos era de los pocos que llevaban desde la guardería allí, pasando primero por el colegio femenino y cambiando los pantalones a cuadros por los gris marengo poco antes de cumplir los 6 años. El primer año que estudiamos en la misma clase me fui dando cuenta de pequeños matices que le caracterizaban, matices que, con el paso de los años, fui alentando o desechando. No era un niño muy risueño, ni siquiera en esa edad de alegría y felicidad perennes, muy reservado y a veces algo tímido. No muy hablador durante esos primeros años de colegio, se notaba que le costaba tomarse confianzas con nosotros. Sobre sus reservas me confesó algunos años más tarde que creía que se debían a que era hijo único y que no estaba muy acostumbrado a interactuar con otros niños, ya que en casa solo estaban su padre, su madre y él. Quizás esta realidad también pueda explicar porqué, casi desde mediados de educación primaria, Carlos siempre tenía un libro en la mano, hábito que, según él, adquirió de su padre y que potenció en  tardes libres y solitarias. Cuando alcanzó un nivel de lectura aceptable, se obsesionó con las maravillas de Egipto y la mitología clásica, motivo por el cual, durante su infancia, quería ser el próximo Howard Carter. Un día, de repente, dejó de traer libros coloridos e ilustrados de Egipto, Grecia o Roma y comenzó a traer gruesos y densos libros sobre historia medieval, la Inquisición y demás misterios para mi completamente desconocidos. Recuerdo que, no antes de que ambos cumpliéramos los 13 años, me comentó cuál había sido hasta el momento su libro favorito, “El Nombre de la Rosa”, de un tal Umberto Eco, aunque, en confidencia me confesó cuánto le había costado leerlo y, lo más importante, entenderlo. Desde entonces, siempre llevaba un libro de argumento incomprensible en la mochila.


    Otra cosa que sé de Carlos De Domingo desde nuestra niñez era que, a los 8 años comenzó la carrera de música y flauta travesera en el Conservatorio. Según un antiguo profesor nuestro, las personas que, desde pequeños estudian algún tipo de arte, desarrollan una sensibilidad especial para contemplar la belleza estética. Por culpa de esto, ya con 12 años, Carlos era el único de clase que pensaba que la belleza creada por Vivaldi o Beethoven era muy superior al dinamismo o diversión que evocaba la recién descubierta música electrónica. Con 16 años comenzó a devorar películas junto a su madre, no películas de acción vanas y de poco calado, sino clásicos de la RKO y la MGM, películas de galanes como Cary Grant y Paul Newman, semidiosas como Audrey Hepburn y Bette Davis y hasta tuvo un prolongado flirteo con el expresionismo alemán y el Dogma 95. Creo que, casi con toda seguridad, a Carlos De Domingo le encanta todo lo cultural, fruto de la música clásica adquirió una gran admiración por la ópera, del cine absorbió la belleza de la fotografía, y de la literatura comenzó, poco a poco, a admirar el teatro de Shakespeare. El amor por la música, el cine y la lectura son tres cosas que siempre deberá a sus padres.


        Cuando el fin del colegio y el comienzo de la universidad se veía cerca, entre entrevistas de admisión y viajes a ciudades lejanas, quedé con él para tomarnos unas cervezas, estrenando mi aún reciente mayoría de edad. Hablamos un poco de todo, de a qué universidad ir, qué carrera estudiar. Me comentó que, casi con toda seguridad, se iría hasta Navarra para estudiar, aunque aún no había escogido la carrera. A Carlos siempre le había interesado mucho la Historia, el cine, la psicología y la filosofía política, sin embargo, las carreras que se planteó más seriamente fueron Historia del Arte, Audiovisuales, Periodismo y Filología Clásica. Aunque, finalmente, siguiendo consejo familiar optó por estudiar Derecho, ya que tenía la absurda idea de llegar a ser político algún día, aunque tampoco quería dejar de lado otras ambiciones como escribir algún día un libro o dirigir una película o muchas más cosas que sería costoso recordar.

        La última vez que vi a Carlos De Domingo fue el 25 de Agosto de 2010, en el velatorio de su padre. Hacía algo más de un año que no le veía, se había dejado barba y le costaba sonreír, pero tampoco quise agobiarle. Cuando me iba, vino hacia mí y, algo menos apesadumbrado, me pidió mi número de teléfono, que se le había perdido y quedó en llamarme en vacaciones para vernos, tenía mucho que contarme, me dijo.

"All About Carlos" (Versión Sencilla) (Ensayo 1º "Claves del Pensamiento Actual")

               Conocí a Carlos De Domingo antes de 1997, no recuerdo exactamente en qué año, cuando entré en el colegio “El Romeral”. Carlos era de los pocos que llevaban desde la guardería allí, pasando primero por el colegio femenino y cambiando los pantalones a cuadros por los gris marengo poco antes de cumplir los 6 años. El primer año que estudiamos en la misma clase me fui dando cuenta de pequeños matices que le caracterizaban, matices que, con el paso de los años, fui alentando o desechando. No era un niño muy risueño, ni siquiera en esa edad de alegría y felicidad perennes, muy reservado y a veces algo tímido. No muy hablador durante esos primeros años de colegio, se notaba que le costaba tomarse confianzas con nosotros. Sobre sus reservas me confesó algunos años más tarde que creía que se debían a que era hijo único y que no estaba muy acostumbrado a interactuar con otros niños, ya que en casa solo estaban su padre, su madre y él. Quizás esta realidad también pueda explicar porqué, casi desde mediados de educación primaria, Carlos siempre tenía un libro en la mano, hábito que, según él, adquirió de su padre y que potenció en  tardes libres y solitarias. Cuando alcanzó un nivel de lectura aceptable, se obsesionó con las maravillas de Egipto y la mitología clásica, motivo por el cual, durante su infancia, quería ser el próximo Howard Carter. Un día, de repente, dejó de traer libros coloridos e ilustrados de Egipto, Grecia o Roma y comenzó a traer gruesos y densos libros sobre historia medieval, la Inquisición y demás misterios para mi completamente desconocidos. Recuerdo que, no antes de que ambos cumpliéramos los 13 años, me comentó cuál había sido hasta el momento su libro favorito, “El Nombre de la Rosa”, de un tal Umberto Eco, aunque, en confidencia me confesó cuánto le había costado leerlo y, lo más importante, entenderlo. Desde entonces, siempre llevaba un libro de argumento incomprensible en la mochila.

    Otra cosa que sé de Carlos De Domingo desde nuestra niñez era que, a los 8 años comenzó música y flauta travesera en el Conservatorio. Según un antiguo profesor nuestro, las personas que, desde pequeños estudian algún tipo de arte, desarrollan una sensibilidad especial para contemplar la belleza estética. Con 12 años, Carlos era el único de clase que pensaba que la belleza creada por  Vivaldi o Beethoven era muy superior al dinamismo o diversión que evocaba la recién descubierta música electrónica. Con 16 años comenzó a devorar películas junto a su madre, no películas de acción vanas y de poco calado, sino clásicos de la RKO y la MGM, películas de galanes como Cary Grant y Paul Newman, semidiosas como Audrey Hepburn y Bette Davis y hasta tuvo un prolongado flirteo con el expresionismo alemán y el Dogma 95. Creo que, casi con toda seguridad, a Carlos De Domingo le encanta todo lo cultural, fruto de la música clásica adquirió una gran admiración por la ópera, del cine absorbió la belleza de la fotografía, y de la literatura comenzó, poco a poco, a admirar el teatro de Shakespeare. El amor por la música, el cine y la lectura son tres cosas que siempre deberá a sus padres.

        Cuando el fin del colegio y el comienzo de la universidad se veía cerca, entre entrevistas de admisión y viajes a ciudades lejanas, quedé con él y hablamos un poco de todo, de a qué universidad ir, qué carrera estudiar. Me comentó que, casi con toda seguridad, se iría hasta Navarra para estudiar, aunque aún no había escogido la carrera. A Carlos siempre le había interesado mucho la Historia, el cine, la psicología y la filosofía política, sin embargo, las carreras que se planteó más seriamente fueron Historia del Arte, Audiovisuales, Periodismo y Filología Clásica. Aunque, finalmente, siguiendo consejo familiar optó por estudiar Derecho, ya que tenía la absurda idea de llegar a ser político algún día, aunque tampoco quería dejar de lado otras ambiciones como escribir algún día un libro o dirigir una película.

        La última vez que vi a Carlos De Domingo fue el 25 de Agosto de 2010, en el velatorio de su padre. Hacía algo más de un año que no le veía, se había dejado barba y le costaba sonreír, pero tampoco quise agobiarle. Cuando me iba, vino hacia mí y, algo menos apesadumbrado, me pidió mi número de teléfono, que se le había perdido y quedó en llamarme en vacaciones para vernos, tenía mucho que contarme, me dijo.