Desde hace ya algún tiempo, es típica y cotidiana la actividad de mirar a nuestro alrededor y suspirar por la situación en la que se encuentra el mundo. No hace falta ajustarse las gafas o forzar la vista, el mundo cambia. Quizás a una velocidad tardía e incomprensible, quizás con una rapidez desmesurada y desestabilizante, pero, para bien o para mal, cambia. Después de soportar un siglo de contrastes e incongruencias, es misión del siglo XXI alivianar y responder a las expectativas decimonónicas que el siglo pasado no supo cumplir. Si bien dejó un legado de avances y maravillas político-sociales, dejó también la cruda demostración del envilecimiento moral de los hombres tanto fuera como dentro de las leyes democráticas. Es visible a través de los años y la memoria, casos donde motivos de alegría para viejos nostálgicos (instauración de la democracia) se convierte en el potro de tortura para los coetáneos (genocidio sistemático al abrigo de la legalidad), donde puede verse que el sistema creado, en muchos casos, no es tan digno o justo como podría pensarse.
Hemos llegado a un punto que, a causa del conformismo y la comodidad que puede suponer la sensación de seguridad en la democracia y el reconocimiento de derechos, no somos conscientes de la fragilidad y la inmadurez real de nuestro sustento político, es relativamente joven y le faltan galones por ganar. Actualmente vivimos en una situación de “perplejismo” político-social, no somos conscientes de que tanto nuestro bienestar como aquello que el Estado nos garantiza, es fruto de los sueños de muchas personas a lo largo de la Historia, tanto en la práctica como sobre el papel, pero sin embargo, a ese fruto le faltan décadas por soportar, situaciones extremas que solucionar y superar una serie de ideologías beligerantes que coartan el logro de una paz real. Es, como ya hemos dicho, relativamente joven, ya que podría decirse que, es ahora, y supuestamente, gracias a cada nueva ley, el mejor momento de la Historia en cuanto a la libertad de las personas, su dignidad y los derechos que gozamos. Todo lo que se hace ahora está destinado a reforzar la democracia, entendiéndose que el fortalecimiento de la democracia, la libertad de expresión y el pluralismo político va ligado a la defensa de la dignidad humana. En la teoría, claro, ya que, precisamente a causa de la libertad de expresión y el pluralismo político, la dignidad humana se ve mermada por ser éstos altavoz y pantalla de ideas aberrantes que, lastimosamente, tienen cabida en el “todo vale” político y social que nos ha tocado vivir.
En Occidente estamos completamente convencidos de que la democracia es el sistema político idóneo, hasta tal punto que el mundo islámico, completamente cerrado en tradiciones y costumbres, nos emula en sus recientes luchas por derechos democráticos, con mucha razón, pero sin organización ni consenso más allá de lograr el cambio político, salvajadas tiranicidas aparte. La democracia supone un canto de sirena para toda sociedad moderna, una buena forma de debatir ideas y comerciar con principios, pero el problema llega cuando lo inmoral y lo reprobable, que encuentra paso por la puerta de la libertad de expresión y el pluralismo, forma parte de lo dominante, lo deseado y por tanto, lo electoralmente legitimado. De este modo, no hay peor dictadura que la maquillada con tintes democráticos, frente a lo cual solo cabe el inconformismo y la determinación, aderezados con el convencimiento de los principios ético-morales. Joaquim Fest repitió en muchas ocasiones una frase del Evangelio de San Mateo, “etiam si omnes, ego non” (“Aunque los demás participen, yo no”), como recordatorio de la defensa de lo correcto aun cuando las autoridades, con toda su fuerza y poder de persuasión, incitan a actuar de forma contraria. Si bien Fest dedicaba estas palabras a la falta de libertad en una dictadura, también podrían decirse hoy en día, cuando no solo tenemos toda la libertad, sino un exceso de crueldad y sinsentido en el uso de esa libertad, una libertad viciada y completamente prostituida a ideologías fáciles y seductoras.
Con la separación Iglesia-Estado, lo público pretende desprenderse de lo cristiano, aun cuando oye voces en contra, pretende lapidar la moral y crear unas reglas mal llamadas “progresistas” que, supuestamente, supondrán el progreso y la modernización de la sociedad. Un hipotético progreso cuyos cimientos serán, por lo visto, fetos sin vida, cruces retiradas, más mezquitas y una incoherente intolerancia hacia quienes tratan de vivir según sus principios. Este, nos parece que es un problema principal en España, y quizás en gran parte de Europa. Además de las imperfecciones varias de la política española, trajes y gasolineras aparte, existe la tendencia regresivamente llamada “progresista” de ocultar lo propio, lo tradicional y digámoslo, lo cristiano. Pretende desprenderse de lo que, por cuestiones históricas, odia y aborrece, por caer en el error de ver lo moral y la fe católica como un elemento político que permanece anacrónica y “distópicamente” en la vida diaria de la sociedad. De este modo, se persigue atraer lo exterior, y muchas veces lo antitradicional, dándole el nombre de multiculturalismo, erróneo siempre y cuando no se potencie y respete por igual las tradiciones previas, cuyo máximo exponente es el respeto por el sentimiento histórico primordialmente cristiano.
Un país debe ser solidario y abierto, si interpretamos que las culturas se enriquecen unas a otras. No obstante, no es el caso cuando se nos presenta un panorama desalentador, en el que los nacionales rehúyen de su religión, no la viven o simplemente la inmolan, interna o externamente. Europa, y especialmente España, vive en la tendencia de menospreciar el cristianismo por hacer hueco a lo que creen correcto a nivel político y de tolerancia, y es un problema, cuando de forma paralela se nos presenta un aumento demográfico desmesurado de la población islámica, población que, generación a generación adquiere la nacionalidad española y que profesa una fe, que a día de hoy, en muchos supuestos puede considerarse completamente contraria a la dignidad de la persona (respeto primordial a la sharia frente a la legislación española y cuestión de la dignidad de la mujer). En conclusión, Europa y muy especialmente España, afronta un problema de pérdida de identidad, pérdida perseguida políticamente y manipulada, donde la tradición cristiana (o simplemente moral) se pretende erradicar, con la bandera del multiculturalismo, el “progresismo” y la tolerancia.
Ensayo realizado junto a Aarón Mejías Purriños, gran compañero y amigo.
"El mal du siècle era un mal inevitable, de hecho, podemos presumir con cierto orgullo que tenemos derecho a nuestra acidia. Para nosotros no es un pecado o un padecimiento de hipocondríacos, es un estado mental que el destino nos ha impuesto".
Aldous Huxley, "En el margen" (1923)
Para empezar, cabría resaltar que "mal del siglo", que procede del francés "mal du siècle", se refiere a la crisis de valores que tuvo lugar en el Romanticismo decimonónico. Por otro lado, "acidia", según la RAE, es "pereza, flojedad", tanto en un sentido de inactividad y vagancia, como en un sentido de abatimiento o suspense frente a los problemas. Leyendo un libro que, poco o nada tiene que ver con la pereza o la acidia, me he topado con la frase arriba expuesta de Huxley, según la cual, al igual que el "derecho a mi fiesta de la República Independiente de mi Casa", tengo "derecho a mi pereza", esperemos que, en cualquier república.
La verdad es que, sabiéndome un poquito perezoso, esta frase me viene genial, aunque reconozca que es una completa barbaridad. Perezoso, sí, pero lo bastante centrado como para auto-inculparme de un pecado, más social que espiritual, alejado de cualquier alabanza. No obstante, y quizás no merecedor de figurar en el mismo círculo que los iracundos, me alegro que alguien reivindique de forma tan poco acertada y tan conformista los derechos de los perezosos. Así va el mundo.
Por cierto, no vale decir ¡qué chico más perezoso y vago!, y que luego te de "pereza" leer las cosas que publico en el blog. Por favor, hay que ser coherentes.
¡Es increíble! La vi por última vez hace ya algún tiempo, pero aún recuerdo como me emocionó la escena de "Carl & Ellie", en serio, ¡es increíble! Automáticamente se convirtió en una de mis escenas favoritas, es dulce, intuitiva, divertida, cuenta toda una vida de paz y tranquilidad en apenas unos minutos. Derrocha cariño y afecto entre Carl y su esposa Ellie. La escena es enternecedora.
La película en general es muy divertida, pero me parece más buena que divertida, más real que animada y más profunda que superficial. Puede que no se de en toda la película, pero las dos escenas que os dejo tienen mucha carga dramática, tienen momentos de felicidad, pero son, al fin y al cabo, gran contraste con los momentos de abatimiento. No sé, ¡me habéis pillado!, no sabría explicar bien lo que siento al ver la primera escena, recuerdo que al verla le dije a mi madre: "Uf...¿en serio? que pasada mamá, increíble".
Si os gusta Pixar, es obligatorio ver "Up", si sois nostálgicos de los clásicos de Disney, es obligatorio ver "Up", si os gusta el cine, es obligatorio ver "Up" y, si queréis pasar un rato agradable con una película buena y no un merchandising entretenido, es obligatorio ver "Up".
En ocasiones, a una persona le gusta un tema, le llama la atención, le apasiona. En ocasiones, esa misma persona se decide a escribir, a invertir un tiempo que no tiene en escribir algo que nadie leerá. Se llama ser "freak", perder el tiempo o simplemente, ser culto, o al menos, intentar serlo. Ocurre, en ocasiones, que esa misma persona se decide a escribir sobre un tema, emocionante para sí mismo, un completo coñazo para otros.
Resulta, a veces, que ese tema es extenso, no solo es extenso por sí solo, si no que esa persona, que le gusta el tema y por tanto escribe sobre eso, le gusta algo más, enrollarse, hablar y hablar, tenga algo que decir o no. Por ello, a veces, el resultado suele ser un amasijo inclasificable de palabras y palabras, y más palabras, e ideas e ideas, y más ideas.
De vez en cuando, una ávida lectora, no tan ávida al final de la historia, se atreve, o hace como si se atreviera, a leer dicho amasijo de palabras fruto de la locuaz imaginación del escritor con un gusto muy concreto que más arriba mencioné. Por este motivo, por la objetiva realidad de que lo que el escritor escribió es un completo coñazo, y por la subjetiva impresión de la ávida lectora, que no tan ávida a fin de cuentas, el completo coñazo con forma de ensayo y/o tesis al que nos referimos se vuelve ininteligible. Esto es, que, si fuera ávida sería ininteligible, lo cual supondría el intento y/o la intención de entender lo que previamente se ha escrito.
No obstante, concurre en pereza y no en avidez, por lo que la no tan ávida lectora no hace por leer siquiera el tedioso texto. La conclusión que a estas altura del delirio se me antoja más didáctica es que, en ocasiones y a veces, lo largo y tedioso es un coñazo, pero más coñazo sería escribir después un resumen del coñazo previo. Por lo tanto, y aunque mi intención inicial era escribir un resumen del post de "Dogma 95", no lo haré, llámalo pura pereza o unas ansias irrevocables de no seguir perdiendo el tiempo.
Dedicado a Teresa Beitia, querida gran amiga. Tuyo, siempre y cuando puedas pagar ese privilegio, Carlos De Domingo.
Si conocéis a Lars Von Trier, seguramente conoceréis también el archiconocido "Dogma 95", un movimiento fílmico que inició el propio Von Trier junto a Vinterberg, Kragh-Jacobsen y Levring, en Dinamarca allá por el año 1995. Este movimiento, respaldado y positivizado por medio de su Manifiesto, abogaba por la ruptura con el concepto de cine que se tenía en ese momento, momento en el cual lo que movía emociones era más la artificialidad y los efectos especiales que el argumento o el sentido de la película. Para los creadores de Dogma 95 la comercialización hollywoodiense del cine causaba un deterioro interno y existencial en la verdadera razón del cine: mostrar sensaciones y sentimientos desde un argumento y una fuerza narrativa que, en muchos casos, se veía despejada por una mayor importancia de lo fácil, lo comercial, lo rentable y lo entretenible.
El cine del Dogma 95 no es cine fácil, puede resultar muy atípico para quién está acostumbrado a las películas más comerciales. Precisamente por eso, por romper con aquella realidad cinematográfica, Dogma 95 trataba de devolver al cine su pureza inicial, una pureza que podíamos ver antes de la invención de tantos complementos que no hacían si no conformar, tanto a director como a espectador, con un guión vago y una fuerza narrativa débil, como fruto del aburguesamiento del mundo del cine. Lo que Dogma 95 defiende es: ¡oye, volvamos a hacer películas de verdad! ¡oye, volvamos a hacer Cine con mayúsculas y dejémonos de rodar "merchandising"! ¡oye, si el cine son historias filmadas con actores y en lugares concretos, hagamos eso, filmemos la realidad que tratamos de representar en la película! Y, qué mayor realismo que la de filmar, eso, la realidad, lo que vemos nosotros, lo que ve el director, lo que hay, sin añadidos post-produccionales y demás decorados absurdos, burgueses y evasivos.
Del mismo modo, Dogma 95 también pretende que lo que se grabe sea real, se dé tal cual en la realidad y se aproveche para grabarlo y, plano a plano, se construya una película. Es algo difícil, ya que por esa regla de tres, un muerto debería estar muerto de verdad, o un golpe debería ser real, por lo que el cumplimiento tan extremo de las ambiciones de Dogma no llega a darse, si no que, dentro de lo que cabe, se tratan de respetar esas imposiciones en la medida de lo posible. En resumen, Dogma 95 trata de devolver la pureza del cine, buscando la supeditación de lo meramente audiovisual o sensacional hacia lo argumental y narrativo, como verdadera fuerza motriz de una historia o realidad plausible que dé pie a la creación de una película para representar dicha realidad.
Levring, Kragh-Jacobsen, Von Trier & Vinterberg
El concepto que intentaba propulsar el Dogma 95 fue toda una revolución, no en cuanto a seguimiento y sí quizás en cuanto a la consideración de locura. Locura porque lo que los directores daneses pretendían era erradicar la labor de post-producción de una película, aún a pesar de que su obra podría resultar completamente amateur. Imaginaos una película que, tal cual se filma, tal cual se queda, que no tenga añadidos posteriores, sin música, sin mejorar el sonido, sin suavizar la imagen, sin efectos. ¿Os parecería aburrida? Podría parecer aburrida en cuanto a poco dinámica, poco atractiva si lo que se busca son remilgos estéticos, emoción-acción o puro entretenimiento con poca profundidad, evasivo y poco artístico. Pero la realidad es que, será casualidad, pero las películas "puramente" Dogma (ni los iconos del Dogma 95 llegan a respetar al pie de la letra el "Voto de Castidad") tienen una carga dramática increíble, muy intensa, psicología pura. Consiguen potenciar una buena historia, unos buenos diálogos y sobretodo, la realidad de las situaciones, a cambio de repudiar los artificios (para ellos) irreales y manipulables que conlleva la labor de post-producción.
Puede resultar poco estilizado, ya que los movimientos de cámara son bruscos y pasan rápidamente. No suele detenerse en un plano más de lo necesario, una vez acabada la acción o el diálogo se centra en otro punto. Prácticamente, considera innecesario permanecer más de lo necesario mostrando a un personaje o un objeto, a menos que sea para reflejar el impacto dramático de la secuencia. Lo bueno que tiene esta forma de dirigir es que, si se centra más de lo necesario en un personaje es para mostrar una realidad anímica o psicológica en el personaje de forma visible, por lo que se potencia mucho la expresividad de los actores, sin llegar a límites germánicos, pero si mostrando un cariz temperamental y que da fuerza al dramatismo.
Certificado Dogma de "Los Idiotas" de Lars Von Trier
Con la invención del concepto, quizás más ideal o utópico que real, de Dogma 95, se desarrolló el Manifiesto que contenía un decálogo, denominado "Voto de Castidad". Estas directrices, las debía respetar toda película para ser considerada Dogma 95. Más o menos, el decálogo venía a decir esto:
1- No pueden utilizarse decorados artificiales o de estudio, la película se debe rodar en ubicaciones reales. Por ejemplo, si tienes que rodar el interior de una casa, debes ir a esa misma casa y rodar dentro de ella, no puedes construir las habitaciones en un estudio y grabar allí dentro la película. Así mismo, se supone que los contenidos de las ubicaciones deben mostrarse inmutables, por lo que el director deberá esforzarse para dar con el lugar perfecto para la toma sabiendo que nada de lo que se encuentre allí se podrá cambiar o eliminar. Esta primera regla puede resultar muy fácil, pero a la vez bastante complicado, ya que es relativamente difícil encontrar una ubicación que cumpla los requisitos y que no haya que modificar en cuanto al espacio para filmar y la luz necesaria.
2- El sonido debe grabarse a la vez que la escena, nunca se podrá añadir más tarde. Uno de los añadidos más comunes en post-producción es la inserción de la banda sonora o la mejora de la calidad del sonido, por ejemplo, orquestas o música en vivo. Por ello, resulta lógico que, si bien se intenta marginar la función de post-producción, sea requisito que la música que aparezca en la película (y siempre será elementos visibles en la escena, radios, orquestas, móviles, cantantes) sea grabada a la vez que la acción.
Por ejemplo, si estamos grabando una fiesta y en esa fiesta hay música, esa música se graba a la vez, y se queda tal cual se haya grabado, no se modificará ni aumentará el volumen o la definición más tarde. Lo mismo ocurre con los ruidos, por ejemplo, coches, tráfico, cosas al caer, el sonido permanecerá siempre unido a lo que vemos, nunca se podrá insertar después.
3- No se pueden usar trípodes ni soportes para la cámara, se ha de rodar cámara en mano. Del mismo modo, todo movimiento que quiera hacerse con la cámara tiene que resultar de un movimiento corporal del cámara, no se usan raíles ni soportes fijos, de modo que la cámara tiene más movilidad y se mueve con más soltura. Puede parecer desequilibrada, que se mueve demasiado, pero es eso lo que se busca, si bien hay quienes opinan que la imagen debe mostrarse centrada y no moverse, Dogma aboga por la absoluta soltura de la cámara, aunque la composición de la fotografía y la belleza del plano se resientan.
La cámara al hombro o en mano resulta muy útil en escenas de acción o en travelling sin estabilizador, pero Dogma la usa para transmitir que lo realmente importante es la carga dramática de lo que ocurre en la película, además que el uso de soportes o trípodes, o cualquier sistema de estabilización supondrían una falta de movilidad que imposibilitaría el movimiento rápido entre los personajes o los objetos.
4- No puede utilizarse iluminación ni focos, lo cual obliga a grabar a las horas del día en las que transcurre la acción. Si se debe grabar en alguna zona que está oscura, no puede utilizarse más que un foco simple acoplado a la cámara para iluminar la zona. En caso de que el foco simple no baste, la imagen deberá permanecer oscura aunque suponga una falta de visibilidad para el espectador y no se vea con precisión. Del mismo modo, si hay alguna zona con exceso de luz, ya sean ventanas o rosetones, no podrán taparse, deberá esperarse a que la luz de la ubicación sea la adecuada para grabar.
5- No pueden crearse efectos especiales, ya que ninguna película dogma debería necesitar crear una situación por ordenador, ya que es completamente contrario a las pretensiones de mostrar la realidad. Ninguna película dogma ha necesitado crear una explosión o una colisión que no pudiera grabarse de forma real y controlada. Del mismo modo, la imagen permanece también inalterable una vez se haya grabado.
6- El sexto voto dice así, "la película no puede tener una acción o desarrollo superficial (no pueden existir armas ni acontecer crímenes en la historia)", esto es, la película debe perseguir algo más allá de lo aparente, del mismo modo que es una ayuda para distanciarse del cine de género (otro requisito fundamental).
7- La película debe mantener la alineación espacio-tiempo, no pueden darse saltos que des-ubiquen la acción y confundan sobre el momento y el espacio de la acción. Aunque la analepsis (flashback) y prolepsis (flashforward) son técnicas muy utilizadas y que no provocan necesariamente confusión entre los espectadores, se consideran irreales y artificiales, ya que es una técnica que puede utilizarse en la literatura o en el cine pero nunca en la realidad, a lo que Dogma prefiere acercarse.
8- No pueden filmarse películas de género, por este motivo "El Proyecto de la Bruja de Blair" (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999) no pasó la criba para ser reconocida como una película Dogma 95, ya que pertenecía visiblemente al género de terror. Con este voto, Dogma pretende impulsar al cine a crear películas sobre temas que no estén sobre-explotados y que se den en el día a día, ya que rara vez ocurre en la realidad cualquier historia que esté enmarcada taxativamente en un género concreto.
9- "El formato de la película debe ser de 35 mm", no obstante, en la práctica este voto era desatendido continuamente, grabando, finalmente, el vídeo y con cámaras digitales todas las películas.
10- Según el último voto, el nombre del director de la película no debía figurar en los créditos. Era una forma de quitarse el mérito, ya que, según el Manifiesto, la labor del director se veía elevada a la consecución de su película, siendo más importante la acción, la realidad, la historia y la película que el director que la haya creado.
Después del decálogo, continuaba el manifiesto así:
"Desde ahora en adelante, prometo como director no ejercer ningún tipo de gusto personal. Ya no soy un artista. Desde ahora en adelante prometo no crear una "obra", ya que considero que el instante y el ahora son más importantes que todo el producto. Mi meta absoluta es forzar la verdad de mis personajes. Prometo hacerlo a toda costa dentro de mis posibilidades y a costa de cualquier buen gusto estético".
Carátula de "La Celebración", primera película Dogma
Así concluía el "Voto de Castidad" firmado por Lars Von Trier y Thomas Vinterberg el 13 de Marzo de 1995 en Copenhage. Es toda una manifestación de intenciones de renovar la industria cinematográfica y, progresivamente purificar el panorama artístico, de modo que "cine" sea sinónimo de "realidad" y antónimo de "artificio". No obstante, salta a la vista que la trayectoria pura del Dogma 95 tuvo un corto recorrido. Las principales películas fueron "La Celebración" (1998) de Thomas Vinterberg, "Los Idiotas" (1998) de Lars Von Trier, "Mifune" (1999) de Kragh-Jacobsen, "The Kings Is Alive" (2000) de Kristian Levring e "Italiano para Principiantes" [Dogma XII, (2000)] de Lone Scherfig. Sin embargo, incluso Vinterberg y Von Trier han reconocido haber violado algún principio de Dogma 95 para hacer sus películas, lo cual es muy sencillo, ya que la rigidez a la que obliga seguir los principios hace muy difícil crear una película que no roce la Serie B.
Para quien esto escribe, y considerando como escasas las películas verdaderamente Dogma 95 (aún sabiendo que no cumplen al 100% con los requisitos, más ideales que realistas), la que mejor representa el concepto es "La Celebración" o "Dogma #1 - Festen", película que haría famoso a Thomas Vinterberg y ganador del Premio del Jurado de Cannes en 1998, aunque en los créditos de la película no figurara su nombre, cumpliendo así el último requisito del decálogo. Del mismo modo, "Los Idiotas" sería la segunda película purista que siguiera el espíritu de Dogma 95. Abajo os dejo el trailer promocional de "La Celebración", en él podréis percibir rasgos de algunos de los requisitos de Dogma.
En conclusión, no es de extrañar que el espíritu casi puritano de Dogma 95 no haya encontrado su sitio, si bien ni los mismos promotores llegaron a cumplir enteramente con el espíritu que defendían. No obstante, si bien podemos dar por muerto el estilo puro de Dogma 95, está muy presente en la filmografía danesa, ya que cualquier cineasta danés y algunos europeos, cumplen con la mayoría o parte de los requisitos, aunque se consideren marginales, lo que demuestra que, lejos de haber pasado sin pena ni gloria por la historia del cine, sí que ha sabido crear influencia aunque sea a través de solo un puñado de películas. Von Trier, antes de filmar "Los Idiotas" (más purista que "La Celebración"), ya apuntaba maneras con "Rompiendo las Olas" (1996), y también respetaría hasta cinco postulados de Dogma en "Bailar en la Oscuridad" (2000), una de sus mejores obras.
A día de hoy, existen más de 20 películas que hayan cumplido los requisitos de Dogma, hayan pasado la criba de selección y hayan conseguido el Certificado de película Dogma, sin embargo, la tendencia predominante es la de algunos europeos, atender a ciertos requisitos y prescindir de otros. Por ejemplo, últimamente la cineasta que, si bien influida por Dogma 95, no acaba de respetarlo en su totalidad, es Susanne Bier, directora danesa que ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera en 2011 por "Hævnen (En un Mundo Mejor)" y cuya cúspide dogmática alcanzó con "Brødre" ("Hermanos") en 2004, convirtiéndose en la mejor representante de esta corriente cinematográfica en la actualidad. Si bien ya apenas se crean películas Dogma 95 (cuyo requisito indispensable sería obtener el Certificado), si que es común poder vislumbrar un leve recuerdo a esta corriente en muchas películas europeas, sobretodo en un ligero respeto a algunos de los mandamientos del decálogo.
"Un hombre cuenta sus historias tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias. Siguen viviendo cuando él ya no está. De esta forma, el hombre se hace inmortal"
"Big Fish" (Tim Burton, 2003, adaptación Daniel Wallace)
Era una persona muy rara, bastante rara, originalmente rara. Pero, en el fondo, era buena persona. O al menos eso dicen. Tampoco suelo hacer mucho caso a lo que diga la gente, sobretodo si son sus amigos, o peor aún, los tuyos. Te dan una opinión sesgada y parcialmente alterada, información manipulada. No, prefiero quedarme con mi propia impresión, mi propia opinión. Sí, creo que será lo mejor. Pues bien, como decía, era una persona rara, rara, y tenía un problema importante, ¡no paraba de hablar! Era muy pesado, bastante pesado, originalmente pesado. Era como un niño pequeño, lo hacía con gracia e inocencia, y se enfurruñaba cuando le decías que, por el bien del mundo, se callara. Nunca lo entendía, él consideraba que nos estaba dando una clase magistral sobre cualquiera de sus miles de tonterías, cosas aburridas y sin utilidad aparente.
De vez en cuando, venía triste a clase, otras veces, alegre. Era bastante desconcertante, nunca sabías cómo pillarle. Bastaba con que le sonrieras para que te fulminara con la mirada. Por el contrario, si algún día estabas triste o preocupada no paraba hasta arrancarte una sonrisa. También tenía una manía horrible por dramatizar su vida, siempre decía frases estúpidas, gestos absurdos, conclusiones descabelladas, ¡cómo si tuviera una cámara grabándole al lado! Rara vez decía lo que pensaba en realidad, le gustaba provocar a la gente, él sabrá porqué. Era capaz de decir cualquier salvajada incluso cuando el tema no admitía juego alguno,
Continuará...si la pereza lo permite (es mentira, no cabe duda alguna, la pereza no lo permitirá, vaya, que se ha acabado).
Creo que no volveré a leer ningún libro de Palahniuk, en serio, me cansa un nihilismo tan desagradable y poco estético. Palahniuk es nihilista primitivista por naturaleza, critica mucho la política, la moral y lo que escribe es desagradable, da detalles que uno no quiere saber, y sobretodo, tiene una carga pesimista que envilece a sus personajes. Quizás sea muy crítico psicológicamente, pero también es un completo mal educado, de verdad, es uno de esos escritores que tuvieron éxito cuando de verdad hicieron algo bueno y ahora viven de las rentas, no se esfuerza por crear belleza, ni siquiera la reconoce. No creo que nunca haya pensado que algo es bello, no tiene gusto estético. Ese es el único motivo que se me ocurre para justificar su producción literaria.
"El Club de la Lucha" (1996) fue su primera novela, realmente buena, y maravillosamente adaptada por David Fincher (sin duda, una de mis películas favoritas). Al menos, en "El Club de la Lucha", sabes que todo lo antiestético, todo diálogo subido de todo o simplemente repulsivo, trata de justificar a los personajes, de ampliar su psicología y darnos a entender porqué la acción es tal y como es, porqué están tan derrotados moralmente los protagonistas. "El Club de la Lucha" aboga por postulados anticapitalistas, con una firme intención destructiva frente al estilo de vida consumista y materialista (que cada uno piense si es bueno o malo). "El Club de la Lucha" se podía leer, podías sentir repulsión cada cuatro páginas. En cambio, el resto de sus libros, la repulsión te atenaza página a página.
De verdad lo digo, me niego a leer más Palahniuk, a no ser que un día me dé por volver a leerlo. "Asfixia", tan reconocida y con tantos pequeños atisbos de calidad, no deja de ser una salvajada argumental (hasta el punto que en un momento el protagonista se plantea si realmente es hijo de Jesús). Por ejemplo, la última novela que he leído de Palahniuk, "Snuff", es otra burrada, y, si bien el argumento es mezquino y de lo más reprobable, los detalles y el lenguaje empleado no hace otra cosa que inquirirte poco a poco que tires el libro por el balcón. "El Club de la Lucha" sí, genial, muy bueno, un futuro clásico de la literatura de los 90, aún así, le debe mucho a la película (sí que sí, una de las mejores de los 90). Planteó un panorama derrotista y penoso de forma magistral, todo lenguaje o palabra odiosa servía al nihilismo de los personajes, y ellos mismos se encargaban de hacer el argumento, la forma narrativa y el final tan maravillosos. Pero, ¿las demás novelas?. "No, gracias" no, "No, por favor".
Aún así, todavía me pregunto a cuál tolero más o menos, si a Chuck Palahniuk o a Irvine Welsh, quien, en realidad me parece más desagradable, incorrecto y antiestético. Irvine Welsh saltó a la fama en 1993 por "Trainspotting", adaptada al cine por Danny Boyle en 1996 (otro clásico del cine de los 90 y, sin dudarlo, una de mis películas favoritas). Trataba sobre el mundo de las drogas, sobre el triste y patético mundo de las drogas, sin embellecimientos glamurosos ni sociales, un grupo de yonquis que desfallecen por su próxima dosis de heroína. Se podría decir que Welsh pertenece a la "novela obrera escocesa" porque es realmente grotesco y deslenguado, no tiene el más mínimo criterio de estética o belleza literaria, y tiene cierta animadversión hacia lo inglés y lo burgués.
De Welsh solo salvaría "Trainspotting" y de Palahniuk "El Club de la Lucha", ambas novelas imprescindibles si te interesa la literatura bajera y/o con visión anti-materialista y destructiva. Es más, lo que realmente debería hacerse es ver las películas y leer los libros, partiendo de la base que igual son un poco escandalosos y ruborizantes para muchos, pero bueno, siempre puede hacerse la vista gorda y "leer por leer" y "ver por ver". De todos modos, mientras (al menos para quien esto escribe) las novelas no asientan ninguna cátedra, las películas sí que lo hacen, regalando momentos memorables para la historia del cine (por ejemplo, la introducción de "Trainspotting", publicada en alguna entrada en este blog, o el personaje de Tyler Durden encarnado por Brad Pitt en "El Club de la Lucha").
Pues lo dicho, no creo que vuelva a leer más de dos o tres libros de ambos autores, y si lo hago, será para adquirir más información para poder lapidarlos y reprobarlos más, y mejor.